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Viernes 25 de Agosto, 10:00 Pm: 

Lola caminaba rápidamente entre la espesura del bosque, atravesando alambres y sobrepasando ramas. Con su vestido de flores sucio logró llegar a la carretera, estaba agitada y se detuvo un momento para tomar un respiro, continuó corriendo hacia el terminal del pueblo. La noche estaba más oscura y fría de lo normal, ella con una pequeña ruana de su hermano menor sobre su cuerpo y una maleta vieja logró subirse en el primer bus que la llevara a Bogotá.

Sábado 26 de Agosto,7:00 am: 

Lola llega a la terminal de Bogotá, desorientada y llena de confusión se echa en una esquina al lado de los baños y comienza a llorar, desconsolada y frustrada de no poder gritar porque a lo mejor la sacaban, prefirió contenerse. Se limitó a pensar mientras veía pasar gente con maletas, costales, niños y hasta perros, ella ahí sin decir una sola palabra solo observaba. De la nada se acercó una policía, le preguntó si podía brindarle ayuda, Lola sorprendida preguntó — ¿Por qué? — Mujer su vestimenta está sucia, parece que le hubiera pasado algo. ¿De dónde viene mija? Respondió la agente, en cuanto Lola se levantó y dijo que necesitaba llegar a una dirección, le pasó un papel y la mujer policía la guió, le pregunto que si tenía dinero y Lola sin dejarla terminar su pregunta desapareció entre la gente.

2:00 pm:

Lola finalmente llega a su destino, cuando su tía la ve se sorprende y entre lágrimas ambas se abrazan. —¿Por qué está así? ¿Qué le pasó? ¿Quiere comer algo? ¿De dónde viene? Sabrina prima de Lola calmó a su madre quien estaba angustiada y atónita de lo que veía, en realidad no se explicaba el misterioso suceso. Al terminar un plato con el famoso ajiaco de su tía Julia, balbuceó algunas palabras, con un nudo en la garganta y un par de lágrimas dijo: —No puedo volver allá. Y en un acto seguido entró en llanto a lo que Julia y Sabrina respondieron con un fuerte abrazo.

Domingo 27 de Agosto, 10:00 am: 

Suena el teléfono en varias ocasiones, nadie contesta hasta que Lola decide acercarse con mesura, tiene la cara pálida y las manos frías, atraviesa con su débil pero brillante mirada el ruido que causa el sonido del teléfono. Deja que marquen una vez más y contesta, es ella, con su furiosa voz le grita que es mejor que se devuelva. Lola derrama un par de lágrimas en silencio mientras se arrastra en la pared hasta caer con agonía al suelo, se nota aterrada como si la poca esperanza que tenía se la hubieran acabado de arrebatar con solo una frase estremecedora.

Al día siguiente Lola decide salir con su maleta y tomar un autobús sin rumbo y sin que su tía lo notara. En la última parada el conductor amablemente le dice que han llegado al destino final y le indica que debe bajarse, Lola en su angustia le ruega que la deje acompañarlo en su próximo trayecto, el conductor la mira a los ojos y le dice que sí pero que debe hacerse en las sillas de atrás. Lola acepta y se sienta justo al lado de la ventana que estaba abierta, encuentra un verde profundo que cubre ambos lados de la carretera, por un lado la inmensa montaña entre marañas y enredaderas y por el otro un gigantesco cultivo de plátano verde que parece infinito y contrasta perfecto con el cielo azul celeste que cubre todo el paisaje. El clima que sentía era indescriptible, cerró sus ojos y dejó que el frío que emanaba naturalmente de los árboles golpeara su rostro, escuchaba los pájaros cantar y los ríos que atravesaban la carretera. Entre ruidos y silencios de nuevo una voz le gritaba que debía regresar, entonces se despertó de sopetón y se bajó del bus en medio de la vía con su maleta.

Eran las 6 de la tarde y ningún bus intermunicipal le hacía la parada a Lola, el ocaso atravesaba la vista y a lo lejos desde la montaña se veía como la opaca y fría noche deseaba devorar el bello atardecer. Al pasar los minutos una tractomula se detuvo y la llevó, el conductor era un señor adulto quien le preguntó por qué estaba sola en un lugar tan despoblado, ella le respondió que no tenía a donde ir, que escuchaba voces que la detenían, que no la querían dejar seguir entonces en un acto seguido el desconocido chófer la miro y le dijo “mantener en constante movimiento es una forma de vivir, nos dijeron que la estabilidad es un talento pero yo creo que la rebeldía es un talento, es el  arte de moverse, de emigrar. Cada lugar es pasajero, bohemio, itinerante como la materia, no se crea ni se destruye tan sólo se transforma. El no querer escuchar los pensamientos que te detienen es la sublevación de tu corazón, la pasión del nómada, la astucia del viajero.” Lola tomó sus palabras como el más bello verso de una canción que le hayan dedicado y fueron más fuertes que la voz del miedo que no la dejaba cosechar la semilla de la libertad.

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