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Caminé aproximadamente dos horas por la orilla de la carretera, el calor penetraba con fuerza cada fibra de mi piel, necesitaba agua para poder continuar, así que decidí acercarme a la reja de una casa sobre la vía. Mientras husmeaba en el jardín buscando personas escuché una voz gruesa y contundente preguntándome que necesitaba, con mucha sorpresa di la vuelta y sonreí sin saber lo que me esperaba. Un hombre alto, moreno y con un color de ojos muy particular me estaba mirando fijo a mis ojos, parecía molesto; intenté hablar pero en medio de balbuceos preferí retirarme del lugar. Él me siguió y me señaló de estar robando, de nuevo me di la vuelta para gritarlo pero su boca quedó justo enfrente de la mía, sus pupilas atravesaron mis ojos, en cuestión de segundos sentí como si él estuviera dentro de mi, intente evadir su mirada pero era imposible, me tenía amarrada a ella al punto de desestabilizarme y hacerme tragar saliva. Con voz baja me preguntó que si estaba nerviosa, en realidad lo estaba pero retomé el control y le pedí que se alejara, sentí como si hubiesen sido varios minutos, sin embargo no habían pasado más de treinta segundos. Llego un silencio incómodo, tal vez el más detestable de mi vida, solo podía pensar en lo idiota que pude haberme visto tan cerca de un desconocido.

De nuevo intente irme pero aquel extraño me tomo de la mano, me tenía hipnótica, seguía sus pasos sincronizadamente como si lo conociera de años y de forma muy directa me pidió que lo acompañara a un lugar secreto, solo me negué haciendo un movimiento suave con la cabeza pero todo dentro de mi me decía y me pedía a gritos que fuera, que me arriesgara. Me dejé llevar sin pronunciar una palabra, por un extraño con la mirada más profunda y hermosa que me cegó de inmediato. De su mano me llevó por un camino junto a su casa, estaba rodeado de palmeras de un verde muy brillante, era hermoso, algo que jamás había visto en mi vida. El sol seguía absorbiendo cada parte de mi cuerpo así que le pedí con timidez que se detuviera y lo hizo enseguida, lo impresionante fue que se trepó en una de esas palmeras y bajo dos cocos, él sabía de alguna manera el motivo de mi sugerencia.

A lo mejor estoy exagerando pero sentía como si él siguiera dentro de mí a partir de su mirada tan fija, sentía como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza; mis miedos, mis deseos, mis sueños. Seguimos caminando y de repente surgió una tenue llovizna que cubría poco a poco la arena bajo nuestros pies, él solo me soltó, miró hacia arriba y abrió sus brazos como agradeciendo. Esto me motivó a seguirlo, a cerrar los ojos y sentir cómo la fluidez de las pequeñas gotas de agua tomaban fuerza y se convertían en lluvia, lluvia en medio del despiadado sol. Empezó a correr y enseguida yo lo hice también, repito, parecía estar amarrada a su cuerpo, a su espalda, a su mirada.

El sonido de las olas del mar se tornaba más agudo cada que avanzabamos, en un par de minutos llegamos a la orilla, era un lugar desierto, vacío, no había casas ni hoteles. Solo lo habitaba un bosque de palmeras que cubría todo el borde de la playa, nos sentamos en un gran tronco que se interponía en medio de la nada. Me dejó un momento y mientras se alejaba lo seguí con la mirada, tenía un cuerpo espectacular, el color de su piel parecía una mezcla de pinturas finas, de su espalda salían quiebres mientras caminaba y cuando venía de nuevo a metros de distancia se alcanzaba a notar el brillo de sus ojos, color azul petróleo, como el mar. Me entregó una piña y me dijo que debería ver el paisaje, me di la vuelta y entre en profunda calma, de nuevo interrumpió el momento pero esta vez me llamó por mi nombre, me levanté de golpe y le pregunté por qué sabía mi nombre, de forma inesperada se acercó de nuevo, murmuró en mis labios que el mar lo sabía todo y me besó.

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